miércoles, 4 de julio de 2012

Ten miedo: los peligros de Google y Facebook, según Jaron Lanier

Ten miedo: los peligros de Google y Facebook, según Jaron Lanier | PlayGround | Articulos Musica

Jaron Lanier es uno de los más profundos pensadores sobre internet. Su tesis es que estamos en manos de monopolios opacos –Google, Facebook– que, a cambio de una vida mejor, nos han robado el alma, nuestra esencia humana. Somos sus títeres. En esta columna vamos hacia el fondo del asunto.

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Sé que lo último que parece Jaron Lanier, y más con esas rastas y ese gusto por los instrumentos musicales propios de hippies, es ser sospechoso de nada. No es como Nicholas Carr, al que yo metería directo en la misma liga de místicos apocalípticos que al Vargas Llosa que vaticina la muerte de la cultura por culpa de internet. Lanier es uno de los nuestros, me repito de forma maniquea mientras leo su currículum, como si el mundo estuviera divido en dos bandos, buenos y malos. Por dios, él acuñó el término Realidad Virtual y ha imaginado otra forma de representarnos en este mundo y en otros. Ha currado en Atari, en Second Life y en una de las tecnologías más estimulantes que el sector de los videojuegos ha dado al mundo en los últimos años, Kinect. Pero es que durante la lectura de “Contra El Rebaño Digital” (editado por Debate y que ya parte de un título traducido de forma muy poco inocente: el original es “You Are Not A Gadget”) he sentido las mismas ganas de estrellar el libro contra la pared que me vienen cuando mi padre escucha a ese radiopredicador con frenillo. Es pura frustración. No estoy en contra de sus opiniones, allá cada cual: estoy en contra de sus argumentos y de las herramientas que usa para defenderlos, como la nostalgia, el cinismo y el miedo. Así que no es que no me haya gustado su libro, lo que no me gusta es su tono de iluminado, de alguien que ha venido del otro lado a avisarnos de los peores peligros imaginables.

Pero es imposible estar en contra de “Contra El Rebaño Digital” en su totalidad, y otros gurús de su misma altura, además del propio Lanier, ya han matizado su orientación apocalíptica. En su manifiesto hay tantas tesis, muchas desarrolladas, otras solo esbozadas, que uno acaba su lectura con la cabeza llena de ideas sobre por dónde escribir esta columna. Aquí van unas cuantas, relacionadas con su intención de retirar la máscara de salvadores a empresas como Google o Facebook, que supuestamente nos hacen la vida más fácil con sus servicios gratuitos.

Como imponer verdades en la era digital.

“¿Pueden las

personas reales

terminar en

convertirse en

personas MIDI,

definidas y

limitadas a lo

que puede

representarse en

el ordenador?”

En todas las culturas se producen conceptos que terminan convirtiéndose en normas, en estándares aceptados como indiscutibles, cuando no en evidentes. En la cultura digital, Lanier plantea que la tecnología y el software permiten ahora que ciertas ideas se asienten en la sociedad con más presencia o fuerza que en otras épocas en las que no contábamos con esta tecnología ni este software. Es lo que denomina anclaje y su ejemplo, como otros que utiliza en su libro, tiene que ver con la música, otra de las pasiones y dedicaciones de Lanier: se trata del MIDI, un sistema concebido para representar las notas musicales en un entorno informático. A pesar de sus grandes limitaciones, de que no puede “describir las expresiones sinuosas y fugaces que puede lograr un cantante o un saxofonista” (“solo podía describir el mundo en mosaico de teclista, no el mundo en acuarela del violín”, ilustra Lanier), ha terminado convirtiéndose en el sistema estándar para representar la música en un software. Hoy no es posible escapar de él. Llevando esto al terreno de lo filosófico, Lanier teme que, de la misma manera, las redes sociales, Google y la llamada web 2.0 termine representando al ser humano en la red de una manera esquemática y pobre, o al menos, con mucho menos potencial del que esconde la naturaleza humana. “¿Pueden las personas reales terminar en convertirse en personas MIDI, definidas y limitadas a lo que puede representarse en el ordenador?”, se pregunta. Una personalidad compleja y llena de matices reducida a un avatar plano en 2D definido a través de un formulario (seleccione sus gustos de entre los siguientes campos) y visible por los demás en un solo vistazo.

Personalidad digital = personalidad reducida.

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En el fondo, lo anterior es algo que ya ocurre. Como recuerda Lanier a la hora de hablar de Facebook, “el reduccionismo de la persona siempre ha estado presente en los sistemas de información. Cuando llenas tu declaración de impuestos tienes que declarar tu estado de forma reduccionista. Tu vida real está representada por una serie ridícula y falsa de entradas en una base de datos para que hagas uso de un servicio de una forma aproximada”. En un “acto igualmente reduccionista” como crear un perfil en una red social (profesión, estado civil, residencia), “la reducción digital se convierte en un elemento informal que media entre tus nuevos amigos. Eso es nuevo. El gobierno era famoso por su impersonalidad, pero en un mundo pospersonal eso ya no supondrá una diferencia”. Es decir: esta reducción de la vida a partir de pocas variables es lo que se difunde entre los amigos, lo que se comunica, y lo que termina convirtiéndose en verdad. Es una degradación basada en un error filosófico, en su opinión: la creencia en que los ordenadores pueden representar el pensamiento humano o las relaciones humanas, cuando en realidad son cosas que las máquinas de hoy en día no pueden hacer. Lanier pide a programadores y tecnólogos como él mismo un poco de humildad en este sentido: “No entendemos el cerebro tanto como para comprender fenómenos como la educación o la amistad a partir de una base científica. De modo que cuando recurrimos a un modelo informático para representar el aprendizaje o la amistad en situaciones que impactan en la vida real, estamos apoyándonos en definitiva en la fe. ¿Cómo podemos saber lo que estamos perdiendo?”.

Nosotros, nuestra vida, es el verdadero negocio en la red.

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Cuidado, porque aquí viene un hostión en la cara: “Ese artificio, la idea de la falsa amistad [en las redes sociales], no es más que es una carnada dejada por los señores de las nubes para atraer a los hipotéticos anunciantes –podríamos llamarlos anunciantes mesiánicos– que tal vez aparezcan algún día”. Según Lanier, las esperanzas de miles de empresas de Silicon Valley es que compañías como Facebook estén recopilando información valiosa sobre todos nosotros para darle a los anunciantes lo que más desean (y más les cuesta conseguir): una audiencia potencial de consumidores segmentada por edad, gustos, residencia o estado civil, a la vez que un feedback igualmente valioso sobre marcas y costumbres de consumo. El problema es ético, como se vio con el proyecto Bacon en 2007: “Se trataba de un programa impuesto de repente y que era difícil de rechazar. Cuando un usuario de Facebook hacía una compra en internet, el acto se transmitía a todos los llamados amigos de su red. El objetivo era hallar una forma de presentar la presión de grupo como un servicio que se podía vender a los anunciantes […]. Las vidas comerciales de los usuarios de Facebook ya no les pertenecían”. Según recuerda Lanier, la idea fue “un desastre inmediato” y provocó “una revuelta” de usuarios que hizo que Facebook se echara para atrás. Obviamente, el interés por invertir y sacar dinero de las redes sociales sigue adelante (hoy mismo, podemos conectar nuestra cuenta de Amazon, por ejemplo, a Facebook para que nos recomiende regalos el día de nuestro cumpleaños en función de los “me gusta” que hayamos hecho o a otras cuentas como PlayStation Network para informar a nuestros amigos de las compras que hemos hecho), y el futuro sigue pasando por encima de nuestra intimidad. “Desde el punto de vista comercial, la única esperanza de dichos sitios es que aparezca una fórmula mágica para que se vuelva aceptable un método de violar la privacidad y la dignidad”. Y lo peor es algo que Lanier no imaginó: nuestras cuentas en Facebook o Twitter están interesadas en saber qué sitios visitamos cuando no estamos dentro de ellas, de ahí la aparición de políticas como ‘Do not Track’, disponible en Firefox, que impide que tus movimientos en la red sean rastreados mientras usas el navegador, y al que se ha sumado Twitter (Google y Microsoft también se han comprometido; Facebook no dice ni mu). Por ahora, tenemos la justicia de nuestra parte: hace unos días, Facebook se vio obligada a pagar cerca de 8 millones de euros a un grupo de usuarios por incluir información personal como publicidad bajo el nombre de “historias patrocinadas”. Puede que no sea tan lejano ese momento en que Coca-Cola esponsorizará nuestra comentario diario sobre qué hemos comido. Y cuidado con darle a “me gusta”, o formarás parte de la cadena.







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